ALMA CORAZÓN Y VIDA , Juan Perea
Cambiar yo para cambiar el mundo
BIOGRAFÍA
Alma, corazón y vida es parte de un camino: el emprendido por Juan Perea –economista, máster por Columbia y lector impenitente- en la búsqueda del conocimiento de sí mismo y de los demás. Blog de historias personales y de las lecciones que de las mismas se desprenden. Punto de encuentro de todos aquellos que saben que lo aparente es sólo una mínima parte de la Verdad.
POST ANTERIORES
La importancia de los sueños
El Estado, la zorra que cuida del gallinero
La fórmula de la felicidad y la Coca-Cola
Jaulas de oro
Ver más »
COMUNIDAD
COMENTARIO DESTACADO
BUSCAR USUARIOS
|
Compartir
|
|
Juan Perea – 02/03/2010
Gandhi nos proponía convertirnos en el cambio que deseamos ver en el mundo. Afirmaba que el verdadero poder del ser humano, su grandeza, no se sustenta en su capacidad de reformar o reconstruir el mundo sino en la de reinventarse y rehacerse a sí mismo. Esto lo acompañó de una invitación a la acción, pues sin ella es imposible llegar a ningún lado (“una onza de práctica vale más que toneladas de rezos y plegarias”).
Pasamos gran parte del tiempo reaccionando frente a nuestra interpretación de la realidad. Esto deja muy poco o nada de espacio para el ejercicio de una acción que surja de nuestra libertad, de nuestra fuerza interior. Reaccionando vamos cediendo nuestro poder a otros, lo ponemos en manos ajenas, las cuales, indefectiblemente, acaban decepcionándonos. Al cabo de un tiempo, acabamos culpando a esos otros de nuestro fracaso y malestar. Copiamos una actitud infantil mediante la que el niño permanece inocente ante ‘el mal que le rodea’. También podemos terminar castigándonos a nosotros mismos por haber confiado en terceros. Entonces pasamos a ser el adulto culposo que lleva una carga que a nadie alivia. No tiene nada que ver con el remordimiento que sentimos a medida que somos más fieles a nosotros mismos. Es un lastre que nos hace caminar renqueantes por la vida.
A su vez, nos convertimos en expertos para permanecer instalados en nuestra ‘zona de confort’, en un espacio que, o no nos gusta del todo o nos aburre profundamente, pero en el que creemos estar calentitos y seguros. Este lugar se convierte en todo menos en aquello que habíamos soñado. Elaboramos excusas del tipo de ‘ya es demasiado tarde para cambiar’, ‘no sé hacer otra cosa’, ‘las cosas son y siempre han sido así’, ‘no tengo los medios para hacer algo distinto’, ‘ya lo haré cuando pueda’, etc. Puede ser peor, podemos poner a otros, en general a quienes tenemos más a mano, como justificación de nuestra inacción: ‘tengo familia’, ‘qué pasaría con mis hijos’, ‘mi pareja no estaría de acuerdo’, ‘qué van a decir mis padres’, ‘mis amigos me rechazarían’, etc. Esto desemboca en una acumulación de rencor hacia esos otros y en un continuo conflicto con ellos (exterior) y con nosotros mismos (interior).
Ideamos todo tipo de pretextos antes que reconocer la verdadera causa de no optar por el camino que nos llevará a una paz interior, a un equilibrio y a la felicidad duradera de la que disfrutan quienes hacen realidad sus sueños. Esa causa no es otra que el miedo. Estamos llenos de temores infundados que hemos ido absorbiendo. Ninguno es innato. Nuestra sociedad se ata a una matriz de miedo para darle una falsa sensación de seguridad y comodidad. La educación procura que permanezcamos unidos a ella. Tras cortar el cordón umbilical que nos unía a nuestra madre, desarrollamos otro que nos une a la matriz de miedo. Nos preguntamos, ¿qué será de mí si hago algo diferente a los demás o a aquello en lo que he sido educado? Respondemos quedándonos quietos, no haciendo nada, envolviéndonos en la frustración.
Algunas personas tienen el valor de hacer con su vida lo que han soñado. No siempre las circunstancias eran favorables para comenzar ese empeño o mantenerse en él. No todas lo han conseguido pero ninguna se arrepiente de haberlo intentado. Las que yo conozco me dicen que ha merecido la pena y que el lugar en el que están es mucho mejor que aquel que dejaron. Me gusta la frase que dice: “Nunca podrás descubrir un nuevo océano, a menos que tengas el coraje de perder de vista la otra orilla”. Refleja lo que esa gente ha hecho. Una de ellas es mi amiga María, que hace poco nos mandó este correo que comparto con ustedes.
“Hablando con amigos estos días y conociendo gente nueva, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre mi vida. He sido rica heredera viajando por el mundo para formarme y adquirir cultura. He sido esposa de prometedor ejecutivo con asistenta de uniforme y niñera para los niños. He sido broker de bolsa y viajaba a Londres a comer ostras y champán con clientes. Y sin embargo, nunca fue suficiente. En aquellos tiempos, no fui feliz.
Así que inicié caminos ‘alternativos’, con nuevos senderos y nuevas formas de vivir, rompiendo todo lo conocido y las rutas ya transitadas. Pero entonces me sentí maltratada y humillada, me sentí débil y desprotegida, sentí que el mundo era hostil y agresivo. Y tampoco fui feliz. En aquellos tiempos, tampoco fui feliz.
Ahora no tengo ni servicio en casa, ni una prometedora carrera, ni un marido que me apoye y me sostenga (hablo más bien en lo emocional). Vivo lejos de todo y de todos. Y sin embargo SOY FELIZ. También quedaron atrás los días de desafío, los días de miedo por los peligros que acechan, miedo a la escasez o a que me dañen, miedo al rechazo y a la pérdida (de lo que sea).
La vida exterior no es muy distinta, pero el interior es revelador. SÍ, SOY FELIZ. Entonces me pregunto, ¿cuál es la diferencia? En mis cavilaciones, sólo puedo teorizar que quizás sea la “realización del ser’, cuando hemos dejado ir casi todo, y simplemente nos dejamos SER, cuando nuestros propios ‘prejuicios’ de cómo deberíamos ser, qué deberíamos hacer, dónde deberíamos vivir, qué deberíamos tener, con quién deberíamos socializar (sea la fantasía de ‘yuppies’ o de ermitaño… da igual), se desarticulan y se caen a trozos.
Sólo entonces, nos conectamos con ese o eso que somos y permitimos que se exprese a través nuestro, lavando los platos, pintando el salón, escribiendo un mail. Da igual. Sólo entonces nos alineamos con nuestro verdadero ser y podemos ser felices, viviendo el día a día, sin esclavitudes autoimpuestas, ni auto-juicios, ni auto-maltratos, ni auto-castigos, ni auto-exigencias. Sin miedos, ni limitaciones. Sólo entonces he podido SER y VIVIR la vida paso a paso, minuto a minuto, y pienso que quizás sea por eso que, al final….he sido feliz.
Queridos, os estoy agradecida de teneros en mi vida.”
Cada vez son más las personas que, como María, dejan sus ‘zonas cómodas’ y se lanzan a la aventura convencidas de que aquellas no eran fuente ni de felicidad ni de seguridad. Entendieron que el calor que sentían allí, no era otro que el que procedía del fuego lento aplicado a la olla en la que se estaban cociendo. Y decidieron saltar, como la rana de la metáfora que les adjunto.





